UN GRAN MURALISTA AIJINO

    Por: Carlos Mejía Gamboa

    Había albergado, bastante tiempo, el deseo de conversar con uno de los personajes importantes de Aija. Él es un hombre sumergido en la producción artística; es un hombre forjado por el trabajo cotidiano y encallecido por el esfuerzo al que le conducen sus pinceles y colores.


    Leoncio Maguiña Morales, pintor aijino, destacado muralista, propulsor de la cultura aijina, nos recibe calurosamente en su domicilio que posee una característica especial: es un Museo. De inmediato, nos viene al recuerdo una de las casas de Pablo Neruda, la que tenía en Valparaíso. No son los colores los que nos hacen evocar a La Sebastiana, sino la pequeñez de sus habitaciones y las escaleras que nos sumergen en el mundo onírico del artista, invitándonos a la intimidad.

    Hay una dosis inmensa de energía que nos condena, inevitablemente, hacia el placer estético; hay una fuerza incomparable que emerge de la obra de Leoncio Maguiña. La gama de los colores empleados y los mensajes de sus murales nos atrapan satisfactoriamente. Entretanto, él, con la voz pausada que le caracteriza, nos explica muchas cosas de ese universo que ha construido para encantarnos.

    Waru entrega a sus lectores la conversación entablada con él, esperando sirva de estímulo para visitarlo y sino para valorarlo como lo merece.

    Waru(W): Algunos datos biográficos suyos, Profesor. O algunos recuerdos de infancia que nos permita conocerlo.

    Leoncio Maguiña(LM): Bueno... sería muy extenso, Carlos. Puesto que te has dignado venir a esta humilde casa, te agradezco y felicito tu inquietud. Tú volaste como el ave de Aija a otros horizontes y entiendo, pues, que estás haciendo patria, labor cultural, sobre todo en nombre de nuestra tierra Aija y de tu familia. De modo que podemos conversar muchas cositas. En cuanto se refiere a mi persona, eso es lo de menos; ahí tengo un librito que te voy a dar. (Se refería a su libro “AIJA: sus facetas”).

    W: Entonces, nos ocuparemos de algo distinto. Acabo de visitar el Museo que usted tiene. En realidad, lo fundamental en él es la obra pictórica suya. ¿Recordará, usted, su primer dibujo?

    LM: Bueno, inclusive allí hay un testimonio. Tú sabes, pues, cada ser humano viene a este mundo con ciertas facultades, con una predisposición para tal o cual actividad en la vida. En el caso mío, entiendo que la vocación me habría dado el destino o la vida y manifestóse desde niño, desde la escuela primaria. Dibujar y pintar fue mi gran inquietud. Aquí, en el Museo he dejado, precisamente, un testimonio que lo encontré después de muchísimos años. Sucede que yo seguí una profesión técnica y la vocación por el arte se quedó postergada. Cuando uno es pobre lo primero que tiene que hacer es luchar por conseguir el sustento y esa ha sido mi experiencia. Mi destino está marcado por una lucha permanente; yo no he tenido a nadie que me enviara a la universidad o al colegio. Yo solo he tenido que abrirme paso y, en esa brega, anduve pensando en mi vocación. “Algún día llegaré a estudiar en la Escuela Nacional de Bellas Artes del Perú”, me decía. Ya hombre maduro, a los 28 años, lo logré.

    W: ¡Ah! ¿Esa es la edad en que usted decidió dedicarse al arte, a la pintura?

    LM: Sí, recién. Recién entré a la Escuela. Antes de eso he pasado por toda clase de ocupaciones. Egresé el año 1958.

    W: ¿A quienes tuvo como maestros en la Escuela de Bellas Artes, en Lima?

    LM: A muchos. Pero entre ellos voy a citar a algunos de quienes me recuerdo: Manuel de la Colina, José Gutierrez, Carlos Quispe Sacín, Manuel Ugarte Eléspuru, Aitor Castillo, Alejandro Gonsález Apurímac, y otros.

    W: ¿Y su determinación de regresar a Aija, Profesor?

    LM: El caso es que yo recién había egresado de la Escuela y ya tenía algunas propuestas en Lima, de varios colegios. Una de esas posibilidades, y la más segura, era la de trabajar en el Colegio Ricardo Bentín, en el Rímac. Estaba en esas gestiones y, en esas andanzas, me encuentro con algunos paisanos en Lima. No hay que olvidar que antes era más centralizada la administración educativa. Me conozco con el Director Aquiles Valdez, chinchano, que buscaba un Profesor de Arte para el Colegio de Aija. Él me animó, explicándome la cantidad de horas que iba a dar, etc.

    W: ¿Consideró que su regreso a Aija sería temporal?

    LM: Justo pensando en eso vine. Pero vine por mi madre, a quien no veía mucho tiempo, y por mi abuela María Maldonado. A mí me criaron mis abuelos. Por otro lado, la nostalgia por la tierra me motivó y vine por unos años. Total, fue pasando el tiempo y me fui quedando. Y me he quedado, definitivamente.

    W: ¿Existe en usted algún sentimiento encontrado respecto de haberse quedado en Aija? No se ha preguntado: ¿Para qué me quedé en Aija?, por ejemplo.

    LM: Sí, sí. Ya lo creo. En el curso de los años, naturalmente, me he preguntado muchas veces; sobre todo cuando se presentaron sinsabores que tuve que soportar a causa de mis obras. Vine a un pueblo como un misionero, por primera vez. No comprendían, no entendían... hasta mis obras fueron ultrajadas. Ese destino fatal he tenido.

    W: Es propio de los artistas, puesto que definen su vida en base a su quehacer que está marcado de mucho sacrificio...

    LM: Muchos percances han pasado mis obras. En fin, qué voy a hacer. Comprendo que es mi destino. Pero, fueron pasando los años y me quedé. Tuve familia, estuve en la docencia; estuve acompañando a mi madre, principalmente. No podía abandonarla y la acompañé hasta su muerte, a los 94 años.

    W: Profesor, ¿piensa usted que el artista en lo posible debe vivir solo para materializar sus ideas y su trabajo artístico?

    LM: Claro, pues. Eso es lo ideal. Los verdaderos artistas como Leonardo, Miguel Ángel... se dedicaron sólo al arte, no tuvieron familia, ni hijos, ni esposa. Vivieron estrictamente para el arte y apoyados por grandes personalidades de ese tiempo, los mecenas. Los artistas vivían protegidos y eso les permitía volcar toda su capacidad a su arte. Eso no ha sucedido conmigo. He tenido que luchar. La docencia, la familia, las obligaciones. Pero, yo no me he dejado abrumar, subyugar. Como dicen, “cuando un artista entra a la docencia queda castrado”. Eso no ha pasado conmigo. Primero... ¡mi arte!

    W: Profesor, luego de la docencia, supongo que ya en condición de jubilado, habrá tenido más tiempo para pintar.

    LM: ¿Después de retirarme de la docencia? No... no. Las facultades tienen su tiempo, así como el deportista. Yo vine de Lima, aquellos años, con toda la fiebre de la creación; joven, recién egresado, con mucha emoción. Es en esas primeras décadas en que he creado mis mejores obras y las más grandes. Alternaba con la docencia. Al jubilarme, o retirarme del magisterio, tenía casi setenta años, las facultades estaban ya reducidas, amainadas. Hoy ya no; ni tengo ganas de pintar; me dedico a leer, a escribir...

    W: Profesor, regresemos a la edad en que decide pintar, ¿Vicente Van Gogh no fue un referente como para que pensara: “para comenzar a pintar no se es viejo”? Él comenzó mucho más tarde.

    LM: Cierto, comenzó tarde. Pero se sumergió tan decididamente que formó parte importante del Impresionismo. Es uno de los mejores representantes de esa escuela. Ahora, dan muchos millones por su obra cuando en su tiempo nadie le daba importancia. Así es el artista y su destino.

    W: Me gustaría tocar lo referido a su trabajo, en concreto. Desde mi recuerdo más lejano traigo la impresión del trabajo suyo basado en el mural. El colegio estuvo lleno de sus trabajos. Luego, he visto sus obras en el Cementerio, por ejemplo. ¿Cómo así que decide usted por el mural, una técnica bastante difícil y complicada?

    LM: En la pintura hay especialidades, también. La inquietud hacia el mural se deriva de mi temperamento como artista. Eso quiere decir: hay artistas que se encierran en lo que se llama su Torre de Marfil, pintan para sí y nada más. Pero, yo no tengo ese concepto. La actividad de la pintura es eminentemente social... y tiene que llegar al público, a la masa. Entonces, desde el principio, de la Escuela, me nació esa inquietud de hacer la pintura monumental; es decir, la pintura mural. El mural es la expresión máxima del arte pictórico porque su temática es de carácter amplio, de carácter social, político, filosófico, histórico, ético, etc., etc.

    W: ¿La pintura de la época de la revolución mexicana le habría estimulado a decidirse por el mural?

    LM: Ya lo creo. Yo me sentía inquieto con el mural, más no con otra cosa. De tal modo que paisaje no pinto. Es laborioso, es cuadro chico, de caballete. En el mural hay que usar figuras grandes, monumentales.

    W: Incluso tiene un contenido argumental, ¿no?

    LM: Claro, esa es la importancia del mural. Debe llevar un mensaje. Es como un libro abierto, un discurso a la multitud. Eso es lo que me complace, me satisface. Así he pasado mi vida. La mayor parte de mis obras son murales, a pesar de haber plasmado todos mis proyectos, porque tengo un montón. Lamentablemente el tiempo ya me ha ganado y espacio también ya no ha habido. Con esa inquietud en Aija, que no es un medio para la pintura mural, me he enfrentado a una realidad difícil.

    W: Claro. Hay otro detalle, Profesor. He estado observaando sus pinturas y, desde una óptica muy modesta, le diría que si bien es cierto su mural no es como el mexicano, que parece ser un óleo llevado a la pared, usted trabaja una especie de mural que por su resultado se asemeja al fresco...

    LM: Yo trabajo con técnica simple, el fresco sería muy caro. Trabajo con técnicas vulnerables, técnicas simples. La que uso es la de temple al huevo, sobre yeso. Se puede arañar, dañar fácilmente; en cambio, el fresco es eterno. El material para el temple es durable, desde luego. El color es permanente.

    W: Profesor, ¿y la gama de colores con la que trabaja tiene que ver con la cultura andina?

    LM: Bueno, eso ya depende de los que aprecian; aunque definitivamente mi trabajo está en la gama de los colores cálidos, con algunas excepciones. El pintor siempre elige su estilo y su gama cromática. Así como el músico.

    W: ¿Y tiene alguna inclinación por la música? ¿Ha recurrido a algún instrumento musical?

    LM: Como músico, no. Pero tengo inclinaciones musicológicas. La música exige habilidad. El hombre que está inmerso en el arte tiene el compromiso de comprender mínimamente las otras expresiones artísticas: la arquitectura, pintura, escultura, grabado. Y no por eso va a dejar de conocer qué es la música.

    W: Claro, Profesor, eso significa que un pintor como artesano no será igual al pintor que se intelectualiza, por cuanto este último amplía su universo intelectual.

    LM: El pintor que opta la pintura como artesanía, ya no es pintor propiamente, sino un pintor de oficio. Repite una temática, una y tantas veces, porque lo que produce tiene carácter comercial y eso son los que abundan en Lima. Esos cuadros que están en las calles, por ejemplo. En cambio, yo estoy lejos de todo aquello. Mis obras no son de carácter comercial, de modo que nunca vendo mis cuadros porque no son comerciales. De uno que otro me he desprendido por la mucha exigencia de los interesados.

    W: Conocí a un acuarelista, Profesor, que decía que no podía vender a sus hijos... ¿Piensa usted lo mismo?

    LM: Claro, pues. Cada cuadro es un hijo, es producto del espíritu, del alma. Por eso el pintor, el verdadero artista, pinta una sola vez un cuadro, ya no repite. Si quisiera repetir se enfrentaría a que la fiebre emotiva o la inspiración ya se enfrió... ¡ya piensa en la repetición!

    W: ¿Quiere decir que la espontaneidad es un elemento fundamental de la obra, Profesor?

    LM: Claro, sobre todo la inspiración que el pintor debe mantener hasta concluir la obra que ha comenzado.

    W: ¿Se podría hablar, entonces, de un estado febril que se requiere como condición sine qua non?

    LM: Justamente. Claro, pues. Eso es lo que es el arte. El poeta lo requiere. Esa fiebre inspiradora que tuvo Vallejo, por ejemplo, no podría haberle permitido repetir el mismo poema. Igual es la pintura. En el caso mío, digo, sólo una vez pinto el cuadro, ya no puedo repetir.

    W: ¿Y la repercusión de su trabajo a nivel departamental o regional? Supongo que usted es muy visitado.

    LM: Bueno, en ese aspecto diré que no soy como Dalí quien orquestaba y generaba su propia onda. Yo no soy de esa talla, de modo que mi sencillez ha permitido que este local se hiciera popular solo. Desde al año 92, en que se llevó a cabo el VI Encuentro de Escritores y Poetas, en Aija, vino una pléyade de intelectuales de Ancash que llegaron a este Museo. Habrían hecho propaganda, pues. Han venido, a partir del 92, camarógrafos, reporteros, delegaciones de estudiantes... Así es que esta pequeña casita es muy conocida, Carlos. Inclusive, yo me he sorprendido, en estas última vez, porque ha venido un equipo de reporteros desde Lima y transmitieron esa producción a través de la televisión. Ya me dijeron los paisanos: “¡Hemos visto tus obras, te hemos visto!”. Era un reportaje que había comenzado en Huarmey, continuó por la quebrada y concluyó en Aija. Ese ya es un honor, sobre todo para nuestra tierra.

    W: Y, ¿la última exposición que usted ha hecho? ¿Le han invitado a Huarás, a Lima, las instituciones de aijinos?

    LM: Exposiciones he hecho muy poco. Es muy costoso, pues. Alguien tiene que auspiciarla. La movilidad, el montaje y otras cosas, encarecen un proyecto de ese tipo. He hecho contadas exposiciones en Lima, en Huarás, en Aija. La última que hice en Huarás ha sido el 83.

    W: ¿Haría una invocación a las instituciones locales, regionales, para estimular la difusión de su trabajo?

    LM: Bueno, uno mismo no puede sumergirse en la tarea de propaganda. Es algo contradictorio. Han venido ya personalidades, instituciones, escuelas; desde Lima han venido delegaciones. Para mí es un honor, a pesar de que este no es un museo propiamente, sino una vivienda pequeña. Tiene sus secciones principales: pinacoteca, arqueología, artesanía popular, a la medida en que se puede adquirir los elementos de muestra. Allí es que invierto mi dinero.

    W: ¿Cómo ve usted a las nuevas generaciones y la pintura en Aija? ¿Hay pintores nuevos?

    LM: En el colegio, muchos manifiestan muy buenas condiciones. Pero, seguramente, no han seguido. Uno de ellos, fue Jorge Palacios, quien tenía muy buena vocación. Después, han habido muchos que han estudiado en la Escuela de Bellas Artes de Ancash, en Huarás. Hay varios, pero no conozco la obra de ellos porque se han dedicado a la docencia. Entiendo de que ha sido un medio para incorporarse a la docencia y nada más.

    W: ¿Eso significa que esas personas habrían deseado ser docentes de Artes Plásticas antes que artistas?

    LM: Claro, pero de todos modos deberían mostrar sus trabajos. Uno hay, es David Brito, y trabajos de él sí conozco. Diría que pinta muy bien y tiene buenas condiciones. Es paisajista. Del resto –digo de otros–, no conozco. El arte requiere dedicación, perseverancia y sino no eres artista.

    W: Algo como epílogo de esta conversación, Profesor.

    LM: Bueno, gracias. Seguro que debes ya de haber hecho algún trabajo en el viejo mundo. Te felicito, sigue adelante pero sin olvidar a nuestra tierra. Mi saludo para los paisanos que se encuentren en esas latitudes. Ojalá tu proyecto tenga éxito.

    W: Gracias, Profesor, hasta otra oportunidad.

    (Publicado en WARU: espacio para el pensamiento libre, N° 1, julio-agosto, 2006 - Berlín)